Catu abrió el espacio con una invitación a volver a lo esencial. Habló desde un lugar íntimo, recordándonos que el cuidado de la tierra comienza en el cuidado de uno mismo. Que no somos externos a la naturaleza, sino una expresión más de ella. Su palabra tejió un puente entre lo espiritual y lo cotidiano, entre lo invisible y lo que luego tomaría forma con las manos en la tierra.

A partir de ahí, Javi compartió una mirada amplia sobre la regeneración, acercando las distintas técnicas de agroforestería como caminos diversos que nacen de un mismo entendimiento profundo: la naturaleza no compite, coopera. Se habló de similitudes entre enfoques, de principios ecológicos que se repiten en distintos territorios y culturas, y de cómo estos se traducen en prácticas concretas como la siembra consciente, el compostaje y la forma en que habitamos los espacios.

Hubo un énfasis especial en Ecuador, en su ubicación privilegiada y en las fuerzas que lo atraviesan: la línea ecuatorial, las corrientes, la biodiversidad desbordante. Todo esto como un recordatorio de que habitamos un territorio con un potencial inmenso, pero que también requiere atención, sensibilidad y compromiso. Entender el ecosistema no como algo externo, sino como una red de la cual somos parte activa, fue uno de los hilos que sostuvo toda la jornada.
Luego, como sucede cuando la palabra encuentra su cauce, pasamos a la acción. La minga tomó forma en el hacer colectivo: plantamos dos canteros, diseñados con intención, pensando en la diversidad y en el diálogo entre especies. Cada planta en su lugar, cada gesto como parte de un diseño mayor. En ese hacer, también se sembró algo más profundo: la base de nuestra soberanía alimentaria, entendida como la capacidad de nutrirnos desde lo que nace de nuestras propias manos, en comunidad y en equilibrio con la tierra.

Armamos también la compostera, ese corazón silencioso que transforma lo que parece residuo en vida nueva. Un recordatorio práctico de los ciclos, de la muerte como parte del proceso creativo, de la fertilidad que nace cuando dejamos de separar y comenzamos a integrar.

El cierre llegó de la mano de algo tan simple y tan profundo como compartir alimento. Una comida rica, hecha y disfrutada en comunidad, donde las conversaciones continuaron fluyendo y donde el aprendizaje se asentó no sólo en la mente, sino también en el cuerpo.

Nos fuimos distintos a como llegamos. Con tierra en las manos, sí, pero también con una sensación de pertenencia más clara. Como si, por un momento, hubiéramos recordado algo que siempre estuvo ahí: que regenerar la tierra es también regenerar nuestros vínculos, nuestras formas de habitar y, en última instancia, nuestra manera de estar vivos.

